martes, 7 de mayo de 2019

A Ángel Montero


Ya ves, por fin te escribo

Nuestra familia no tiene ninguna carta póstuma del abuelo. ni tan siquiera de capilla. ¿Ángel Montero Álvarez no la escribió? O quizás por extraños intereses se ocultó a parte de la familia. Decir que yo, su nieto, siento una profunda admiración y reconocimiento al abuelo Ángel, es obvio, y que en más de una ocasión me he imaginado que me diría si hubiésemos tenido oportunidad de hablar, aun sabiendo el dolor intenso, difícil de soportar que me invadiría. Sin embargo, es necesario, diría el abuelo Ángel, y su supuesta carta sería esta:

Mi querido nieto:

Ya ves, por fin te escribo. Siempre hemos tenido una conversación pendiente. Sí, ya sé que no es por falta de ganas ni porque no tengamos nada que contarnos, que es mucho, pero sabes, sabemos, que no es fácil: removeremos sentimientos y emociones, pero alguna vez habría que hacerlo.

Ya sabes, no pude disfrutar de los nietos, ni siquiera me dejaron disfrutar de los hijos. Yo no lo elegí… me lo impusieron. Uno no elige esclavitud, tiranía, guerras, muerte...Eso lo decidieron otros. Tuve que escoger y lo hice.

Se que te gusta leer, como a mí, y que, aunque nunca pude hojear a Mario Benedetti, ya sabes, no me dejaron, hago míos sus poemas y me dije: uno, Ángel, no siempre hace lo que quiere pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere. Y así, no quise someterme a la vergüenza de ganar un miserable jornal mendigando un sitio en la cuadrilla de peones que el capataz, fiel perro de su amo el patrón, elegía todos los días en la plaza del pueblo, como tampoco mi mano recogía una papeleta de voto, junto a un dinero miserable, de la derecha. Porque una cosa es, volviendo a Benedetti, morirse de hambre y otra morirse de vergüenza. Y así esta mano encallecida, dura, agrietada del trabajo diario, se fue cerrando hasta formar un puño de rechazo, de protesta, de conquista…. Pero esto lo elegí yo.

Y de esta manera, todos los días de mi vida, pude mirarme limpio, con modestia, en el espejo de la honestidad, la justicia y la honradez. El mismo espejo en el que, juntos, mis compañeros de lucha y sacrificio nos reflejamos: Candelas, Luciano, Tomás Montero, Tomás Labrandero, Frutos, Aniceto, Justo, Eusebio, Pilar, Emilio y tantos y tantos otros. Espejo en el que, como decía nuestro querido Miguel Hernández, “hay un rayo de luz en la lucha que siempre deja la sombra vencida” y te prometo que es así y así lo vemos todos.
De modo que, mi querida Clotilde, queridos hijos, nietos, hoy puedo acordarme de todos, reconoceros y que os reconozcáis en mí. No pude ocuparme de todos vosotros, recuperar nuestra casa de Majadahonda, evitaros las penurias soportadas durante tantos y tantos años, llevar feliz un jornal justo ganado duramente sin tener que lamer mano alguna, amaros, gozaros, creciendo juntos, ya sabéis: no me dejaron.

Pero elegí y me siento orgulloso haciendo mío tú, vuestro, orgullo: Hoy es un día duro, lo sé, día de recuerdo en el que el llanto es inevitable, pero retornando a Mario: es mentira que los hombres no lloran, aquí lloramos todos, pero es mejor llorar que traicionar, es mejor llorar que traicionarse, llorar…. Pero no olvidéis.

“A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.”

Jesús Manjón a Ángel Montero

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