martes, 7 de mayo de 2019

A Anastasio Moreno


Querido Anastasio, bisabuelo

No nos conocemos -de hecho ni siquiera conociste a mi madre- soy tu bisnieta, y aunque te parecerá una locura, te siento muy querido y muy cercano a mí, como un aliento soplándome en el cogote. Desde pequeña, el secreto que rodeaba a tu persona y tu triste final despertaron en mí admiración y curiosidad. A eso se añadió el cariño que siempre sentí por mi abuelo, tu hijo, uno de los mayores premios que me ha dado la vida, y la promesa que le hice de reivindicar siempre tu figura para que tu nombre no quedara en el olvido.Muchas veces fantaseo pensando cómo habría sido la vida de mi familia si tu final hubiera sido otro. Sospecho que, de no haber vivido ese infierno, el carácter de mi abuelo -osco y recio, callado-, habría sido otro. Yo no  me puedo quejar, lo conocí en su buena etapa, cuando, a pesar de que su trauma no había desaparecido, la proximidad a la meta habiendo sorteado tantos obstáculos le proporcionó un cierto sosiego. Pero la vida junto a él no debió de ser siempre fácil, demasiado amargura y sufrimiento. Fue uno  de tantos damnificados por el odio, la barbarie y la sinrazón a los que la intensidad del dolor, la imposibilidad de desahogo y la tortura del silencio convirtieron en un trasunto de ellos mismos, sufrientes actores de una vida falsa.
Si recuerdas, en tu carta de despedida desde Porlier le dabas una serie de consejos de cómo debía encauzar su vida,  pues eras consciente de que con 16 años, huérfano de padre y madre, se convertía en cabeza de familia. Bien, en lo más importante te hizo caso: escogió la mejor esposa posible. Sin duda, justicia poética, ¡después de tantas penas, por fin la vida le tenía reservado algo realmente bueno! Encontró a la mejor compañera de viaje, la mejor madre, una excelente persona con la fortaleza, el optimismo y serenidad que a él le faltaban y que tanto le ayudó. Y aunque, repito,  no siempre fue fácil, apenas pudo sobrevivirla un año. Siempre estuvieron juntos.Afortunadamente, le dio tiempo a vivir la recuperación de tu figura por parte de la agrupación socialista de Galapagar que tú mismo fundaste y gracias a la cual yo me he introducido en grupos de memoria histórica. Te reivindican como líder y te admiran. Cada año, celebran unas jornadas culturales que llevan tu nombre, y te rinden homenaje, a ti y a tus compañeros concejales también fusilados, junto a tus restos en el cementerio de Galapagar, en torno al 19 de febrero (fecha de los asesinatos).  No sé si sabrás del auténtico suplicio que pasó hasta que pudo llevar tus restos allí, a tu pueblo. Fue emocionalmente durísimo, pero lo consiguió y compró el terreno de tu sepultura y el de al lado ("el chalecito", lo llamábamos). Los malos no os dejaron estar juntos en vida, pero afortunadamente no han podido evitar que descanséis el uno junto al otro por toda la eternidad.  
En un pleno votaron que os dedicarían, a ti y a tus compañeros una calle o plaza. No lo han cumplido. Ya me lo decía tu hijo, Anastasio,  "hija, no te hagas ilusiones, esa gente es muy mala. No lo van a consentir". Y tenía razón. Murió sin ver la calle ni el monumento en el antiguo Cementerio del Este, en la funesta tapia donde respirasteis por última vez. Y veremos a ver si lo conseguimos. Me siento inexplicablemente unida a los familiares de otros fallecidos. Me ayudan mucho, me hacen sentirme más cerca de ti y son los que se están preocupando por conseguir ese monumento con todos vuestros nombres.
Cada acto al que acudo es una catarsis para mí. Esta misma carta también lo es.  ¡Me hubiera gustado tanto conocerte mejor! ¡Sospecho que podía haber aprendido tanto de ti! En cualquier caso, me siento muy orgullosa de llevar algo de tus genes. Me hace ser mejor.
Hasta siempre

Madrid, abril 2019

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